domingo, 30 de junio de 2013

Villa de Chocolate

domingo, 30 de junio de 2013
Contando casas por Lujan (sí, contando casas!... no pregunten), encontramos esta joyita de sabores y aromas dignas de un Pierre Hermè, escondida sobre Mitre entre 9 de Julio y Francia.
Villa de Luján [Bartolomé Mitre 179] está tan metida entre negocios insulsos y una calle mal cuidada que pasa totalmente desapercibida. Por eso cuando digo "escondida" no lo hago en un sentido figurado, o metafóricamente... es más o menos lo que ocurre cuando imaginás que encontrás la madriguera del conejo de Alicia en el País de las Maravillas: ¡vivimos acá hace tanto tiempo que no podemos creer que no lo hayamos visto antes!


Ahora dejando el asombro de lado, pasemos a las descripciones:
Encontramos, como decía, este localcito precioso perdido por Luján. Los carteles en sepia y letra elegante, incrustados en estos adornos de metal labrado al estilo barroco, la cabañita colonial belga u holandesa, cercada por un portón negro también finamente trabajado, y luego un pequeño patio delantero cubierto de mucho verde y custodiado por duendes, hacían demasiado referencia a un lugar, a una cultura que no encajaba con la monotoneidad religiosa de la ciudad.

     




Desde afuera se intuía el acogedor ambiente que ofrecía esta pequeña bombonería y casa de té, pero nos llevamos otra sorpresa al entrar, pues uno podía sentir que cada cosa estaba en su lugar por alguna razón. La decoración tradicional nórdica, de paredes cubiertas de leña (y no simple madera), piedras y amuletos varios, con souvenirs como estatuillas de cerámica, cuadros y latas de bombones y bizcochos antiguos vintage, que se dispersaban por todo el local, y que junto con el aroma del chocolote y madera embriagaba los sentidos, nos recibió con una calidez tan vívida que no faltó nada más para sentirnos en casa... Pero aún así, como si no fuera suficiente, ¡tenían una cordial y cariñosa abuelita!
Pues sí señores, el local está atendido por señoras mayores muy amables que casi hacen pensar en una puesta en escena, haciendo sospechar que todo aquello no podía encajar tan bien.






Los bombones y demás formas de chocolate se distribuyen por detrás del mostrador, la vitrina y varias estanterías, así como los pasteles, tartas y tortas, entre otras delicias que ofrecen.
Las mesas, también dispersas por todo el ambiente, ocupan el justo espacio disponible para tal fin, ya que la construcción, muy extraña, no es muy típica de un restaurante.
Para darles una idea, el local es una especie de H, y las mesas ocupan la mitad inferior de la raya izquierda, la raya transversal, y la raya derecha en su totalidad, dispersándose en ese espacio apenas una decena de mesas.




      








El menú es infinito, por lo que no tendrían ninguna posibilidad de comer o tomar todo lo que ofrecen, ni si fueran una familia numerosísima que ocupara todas las mesas de una vez, y cada uno se pidiera algo distinto.



Las tortas y demás postres se eligen desde el mostrador, pues no siempre tienen todas las del menú (arriba una carilla del mismo), pero les aseguro que es suficiente para que no sepan qué elegir.
Cada uno se ve más rico que el otro, y los ingredientes son poco comunes para el rutinario paladar argentino, por lo que este lugar es apto sólo para aventureros y personas de paladar más refinado.





Nosotros pedimos chocolate caliente para beber, y más chocolate en forma de tortas para comer.
El Chocolate común estaba bien, sin sorpresas en la textura o profundidad, pero El Chocolate al Amaretto llamó especialmente nuestra atención, pues en su forma no alcohólica, el Amaretto embellecía prodigiosamente el sabor del chocolate con su textura amarga de las almendras y el dulzor en base del albaricoque. Aunque el chocolate, para mi gusto, no era muy profundo ni espeso (como deberían ser estas bebidas en invierno), en esta mezcla merece la pena una mención especial.
Entre otras bebidas hay té y café para elegir. Ambas infusiones tienen un sinfín de variedades, y ya nos tocará ir nuevamente para probarlas.


Cada uno de nosotros (Rache, un amigo que de hecho nos recomendó este lugar, y yo), pedimos una torta distinta, y cada una debería haber venido con ese aviso de película, como un "no apto para todo el público", o "no apto para personas sensibles", pues son tan abundantes que apenas pudimos terminarlas.


La de nuestro amigo era la Torta de los Duendes, este tentador ladrillo de mousse de chocolate y un fino bizcochuelo también de chocolate, cubierto de una masa de glasé de chocolate semiamargo que se deshacía al tocarla. Y finalmente decorado de tres cintas de chocolate con un muy delicado detalle decorativo en dorado.
La consistencia y textura eran muy buenas, se veía que la torta era bastante fresca, el fino bizcochuelo tenía la consistencia indicada y la humectación adecuada, levemente cítrica. Sin embargo el mousse me pareció excesivo y muy mantecoso, algo que particularmente no podría terminar.


La de Rache era una torta de la casa, la Villa de Lujan. Con sus tres pisos de bizcochuelo de chocolate rellenos de crema de frambuesa, de café y de vainilla, bañado de chocolate.
Los sabores complementaban los dulces, más que balancearse. Aunque esperaría la acidez de la frambuesa o la amargura del café, conjugaba más lo dulce y empalagoso. Delicioso hasta la mitad, el resto por ahí es mejor pedir para llevar.


Yo me pedí esta Torta de Chocolate con Mousse de Limon, que era tal cual rezaba el nombre, sin otros ingredientes sobresalientes por lo extraño. Pero a mi parecer, era el que mejor equilibraba sabores amargos, dulces, ácidos y cítricos.
La crema de chocolate con la que cubría, de una dulzura suave y profunda, era cortada con el amargo del chocolate del interior, entre el bizcochuelo y otra crema menos dulce, y finalmente el mousse de limón, levemente ácido, delicadamente cítrico, daba el perfecto matiz y textura que un no-tan-amante de lo dulce necesita. Es difícil que no lo termines.
Para terminar, como un pequeñísimo punto en contra, las señoras que atendían no sabían muy bien  a cuál chocolate, preparación o cultura hacía referencia el local, aunque sí dijeron que el dueño (hijo de aquella tierna abuelita que mencioné al principio), se encuentra los sábados a la tarde, y tal vez pueda contestar a estas preguntas.
Lo que sí aseguraron es que se trata de Cacao americano, pero ya otro día podremos aclarar los detalles.

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